Cheia de penas Cheia de penas me deito E com mais penas Com mais penas me levanto No meu peito Já me ficou no meu peito Este jeito O jeito de te querer tanto Desespero Tenho para meu desespero Dentro de mim Dentro de mim o castigo Não te quero Eu digo que te não quero E de noite A noite sonho contigo Se considero Que um dia hei-de morrer No desespero Que tenho de te não ver Estendo o meu xaile Estendo o meu xaile no chão Estendo o meu xaile E deixo-me adormecer Se eu soubesse Se eu soubesse que morrendo Tu me havias Tu me havias de chorar Por uma lágrima Por uma lágrima tua Que alegria Me deixaria matar
(canción: Amália Rodrigues/Carlos Gonçalves; foto: Eve Arnold)
Já derramei silêncios e cansaços Apertei vazios, quanta vez E quantas amarguras nos meus braços Acolhi sem perder a altivez E bebi tantos copos de saudade E gargalhei da própria ironia Que quando pressenti a fantasia O tempo, o tempo ultrapassou a minha idade Encontrei-me como sempre transparente Vendo através de mim sem me encontrar Não descansei a mente a procurar A razão que me faz andar ausente Se tudo quanto fui é tão presente
(letra: Ana Madalena; música: Pedro Vilar; canta Beatriz da Conceição)
Tinham o rosto aberto a quem passava. Tinham lendas e mitos e frio no coração. Tinham jardins onde a lua passeava de mãos dadas com a água e um anjo de pedra por irmão.
Tinham como toda a gente o milagre de cada dia escorrendo pelos telhados; e olhos de oiro onde ardiam os sonhos mais tresmalhados.
Tinham fome e sede como os bichos, e silêncio à roda dos seus passos. Mas a cada gesto que faziam um pássaro nascia dos seus dedos e deslumbrado penetrava nos espaços.
(poema: Eugénio de Andrade; pintura: Los amantes pobres, Salvador Dalí)
Ninguno como aquel amor temprano El miedo y el valor tan de la mano Tan fuera de la ley, tan insurgente Secreto a voces tan transparente Como el mirar Hay calles en Bilbao que me estremecen Tan alto aquel portal aún me parece Tan de madera cada peldaño Y el pasamanos de la escalera Que lleva a ti Amigos tuve ayer particulares, Aún brillan con luz propia en los altares Del cuarto oscuro aquel donde venero El vértigo en la piel del primer vuelo Amistades ayer tan peligrosas Tanta ternura oculta aquí a estas horas Tanto caudal de amor en el subsuelo Tan escondido el sol a tanto ciego Ninguno como aquel cabello de oro Ningún amor después tan dulce y loco Que nadie llegó a ver de tan escrito Su nombre en la pared tan infinito Como es el mar Amigos tuve ayer particulares Tan distintos los dos de tan iguales Si el verso se hace oscuro y no comprendes A tu lado más de uno y más de una sí que entiende Amistades ayer tan peligrosas Tanta ternura oculta aquí en el Víctor a estas horas Tanto caudal de amor en el subsuelo Tan escondido el sol a tanto ciego
(canción: Rogelio Botanz; foto: José Antonio Carrera)
Fue en un pueblo con mar una noche después de un concierto. Tú reinabas detrás de la barra del único bar que vimos abierto. Cántame una canción al oído, te sirvo y no pagas. Sólo canto si tú me demuestras que es verde la luz de tus ojos de gata. Loco por que me diera la llave de su dormitorio, esa noche canté al piano del amanecer todo mi repertorio. Con el "Quiero beber" el alcohol me acunó entre sus mantas y soñé con sus ojos de gata pero no recordé que de mí algo esperaba. Desperté con resaca y busqué, pero allí ya no estaba. Me dijeron que se mosqueó porque me emborraché y la usé como almohada. Comentó por ahí que yo era un chaval ordinario, pero cómo explicar que me vuelvo vulgar al bajarme de cada escenario. (letra: Joaquín Sabina / Enrique Urquijo; música: Enrique Urquijo)
O fado nasceu um dia Quando o vento mal bulia E o céu o mar prolongava Na amurada de um veleiro No peito de um marinheiro Que estando triste cantava Ai que lindeza tamanha Meu chão, meu monte, meu vale De folhas, flores, frutas de oiro Vê se vês terras de Espanha Areias de Portugal Olhar ceguinho de choro Na boca de um marinheiro No frágil barco veleiro Cantando a canção magoada Diz o pungir dos desejos Do lábio a queimar de beijos Que beija o ar e mais nada Mãe adeus, adeus Maria Guarda bem o teu sentido Que aqui te faço uma jura Que eu te leve à sacristia Ou foi Deus que foi servido Dai-me no mar sepultura Ora eis que embora outro dia Quando o vento nem bulia E o céu o mar prolongava À proa de outro veleiro Velava outro marinheiro Que estando triste cantava
Se ao menos houvesse um dia Luas de prata gentia Nas asas de uma gazela E depois, do seu cansaço, Procurasse o teu regaço No vão da tua janela Se ao menos houvesse um dia Versos de flor tão macia Nos ramos com as cerejas E depois, do seu outono, Se dessem ao abandono Nos lábios, quando me beijas Se ao menos o mar trouxesse O que dizer e me esquece Nas crinas da tempestade As palavras litorais As razões iniciais Tudo o que não tem idade Se ao menos o teu olhar Desse por mim ao passar Como um barco sem amarra Deste fado onde me deito Subia até ao teu peito Nas veias de uma guitarra.
vengo a desordenar tu respiración. Vas a abrirte de tierras, vengo a expropiarte,
vienes con dos planetas sin terminar,
voy a hacerme una casa bajo tu lengua,
te desabrocho el pecho y echo carbón. Vaporcito, vaporcito, vaporcito... Vengo al pozo y me voy con la boca llena,
vas lazarilleándome a la humedad,
voy a colonizar tus extremaduras,
vienes desbaratándome el corazón. Voy pastando en tu nuca, voy transhumante,
vienes bella y terrible como Satán;
vengo, pido posada, paso y me quedo,
te desabrocho el pecho y echo carbón. Vaporcito, vaporcito, vaporcito...
(Nacho Artacho)
Vaporzito, vaporzito, vaporzito... Que nos leva em seu vaivém. Vens a boca armada e cheia de guerra, vou ceifar teu ventre e o seu cereal, vais rachar-te em dois como uma romã, venho desordenar a tua respiração. Vais abrir-te de terras, venho expropriar-te, vens com dois planetas por terminar, vou fazer uma casa debaixo da tua língua, desabotoo-te o peito e deito carvão. Vaporzito, vaporzito, vaporzito... Venho ao poço e vou-me com a boca cheia, Vais-me guiando à humidade, vou colonizar as tuas estremaduras, vens desbaratando-me o coração. Vou pastando na tua nuca, vou transumante, vens bela e terrível como Satã; venho, peço pousada, entro e fico, desabotoo-te o peito e deito carvão. Vaporzito, vaporzito, vaporzito...
Algo debió de resultarle extraño aquella tarde. Una sombra en la tierra, un poniente que no se esperaba hasta bien entrada la semana y que terminó imponiéndose de mala manera, el pájaro que vino de cruzado, un silencio de ruina que se instaló de pronto en medio de la plaza y su verbena diaria de coliflores frescas y vecinas con niño. Hubo de haber un signo, un arrebato que entre todos los hombros viniera a tocar el suyo en el paseo. Supo entonces que todo lo que alguna vez escribió el ser humano, e incluso lo que estaba aún por escribirse, ya se había cantado en las tabernas del muelle antes de todo espacio y todo tiempo. Fue este conocimiento el que lo llevó a dejarse las noches y los días en los mentideros de comadres deslenguadas y en las interminables partidas de dominó frente al puerto. Los que frecuentábamos la casa nos fuimos poco a poco dando cuenta de cómo se iba entrando en sus canciones todo aquel viejo mundo de corrillos en la puerta y piratas a la espera de infelices. Le dio por hacer fiesta cada tarde. Nos reunía con la excusa del vino de las ocho y el cigarro, y poco le hacía falta para dejar la mesa y agarrar la guitarra y pararnos la charla y escucha ésta, Curro, ésta te va a gustar. Hablaba de las putitas lindas de la base americana, de pensiones a medio derrumbarse que sólo aguantaban en pie para seguir oyendo el ruido del amor en los somieres, de la furia y la huelga cuando los astilleros, de la africana definitiva que detuvo a su paso el trabajo en los muelles, de los contrabandistas que se agolpaban en la oscuridad y de las pasiones desquiciadas que se agolpaban en los corazones de los contrabandistas. El caso es que, de tanto darse a aquello de escribir, acabó por olvidar que hubo una vez un tiempo en el que no lo hizo. Los últimos vinos de la tarde se fueron convirtiendo en los primeros de la madrugada, y los cuatro amigos que le escuchábamos las historias dimos pronto en veinte, y los veinte no tardaron en ser el barrio puesto bajo el balcón. Una noche no estuvo ya. Habían adelantado sus faenas para nada los tenderos, no se le abrió la puerta al jaleo de chiquillos que metían la cara entre las rejas. Tuvieron que dormir como Dios manda las abuelas, que precisamente hoy iban a pedirle la de aquellas muchachas de costumbres ligeras que buscaban un guapo con el que engañarse las fatiguitas. Alguien dijo algo de era él, estoy seguro, de un sombrero de fieltro blanco y una barcaza blanca como el sombrero, de se fue tan quietecito que casi no se iba, de qué le vamos a hacer, señores, cada uno a su cama, que no ven que no se pinta nada aquí. En los años siguientes, nadie tocó la casa. Con la sal y los días, le había ido creciendo una cáscara espesa donde fueron a instalarse las algas esperadas y una inexplicable constelación de erizos que acabó por movilizar a los departamentos sanitarios de cinco provincias. De modo que, la mañana en que tuvo a bien volver, debió saltar por sobre los precintos que alertaban de posibles contagios y consecuencias irreparables. Abrió el balcón lo justo para que fuese saliendo el aire enrarecido de marisma que se había pegado a las paredes y a las baldosas, y se dejó caer en el camastro con tanta pesadez que se diría llevase el mundo entero jorobándole la espalda. Como si nunca hubiera tomado el sombrero de fieltro y la barcaza, nos reunió a la tarde sin una mala excusa ni una mala botella que aligerase los muchos años y la mucha congoja, que dónde te has metido, carajote. Torció el gesto en aquella sonrisita canalla que habría de ganarle tanto amor de mujer embravecida y agarró la guitarra y se templó. Habló entonces de los tranvías tristísimos que arrastran a las bellas y a Lisboa lejos de la ciudad y el estuario; de calesas paradas a la puerta de aquellos caserones antillanos que vieron coronarse a los virreyes; de bailarinas traídas del Oriente para dar lustre a un París al que se le moría el cabaré; del desierto y los hombres azules que lo habitan. Definitivamente, se había traído el mundo en la garganta.