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Si un ángel se desnuda

Aquel bendito chaparrón
que acabó con el verano,
alas le puso al corazón
y en mis manos un regalo;
y, sin mediar palabra, tú,
queriendo sentir mi peso,
me entregabas un alud
de humedades y de besos.
Y rodaba por las dunas
con un ser de las alturas:
la pasión bajo el plumaje,
cuando se desnuda un ángel.
Hay sitio en casa, quédate.
Tú, sin irte por las ramas,
te hiciste hueco para un mes
que vivimos en la cama.
De tanto perder el tren
y entre tanta despedida,
llegó el desorden al Edén:
esa gloria no era vida.
Y tomaste tu camino,
yo la senda de un mal vino:
un dolor duro y salvaje
cuando te abandona un ángel.
Tus besos son mi religión,
en la playa de poniente
vuelvo a cantarte tu canción
con las nubes de septiembre.
Un rayo en el corazón
y en mis venas un naufragio,
si un bendito chaparrón
se convierte en el presagio.
De tus pasos en la arena
la nostalgia me envenena:
un dolor duro y salvaje
cuando no regresa un ángel.
Yo rodaba por las dunas
con un ser de las alturas:
la pasión bajo el plumaje,
cuando se desnuda un ángel.

(Javier Ruibal)

La reina de África

¿De dónde sales tú?
¿Qué está pasando en Cádiz?
No se ven negras tan guapas
ni en Carnavales.
La reina de África por la Alameda
pasó volviéndome loco
con sus caderas.

Tendrían que poner
de tu puerta hasta la mía
una vereda de juncos
y de palmeras
y una choza de bambú junto a la playa
pa' que te sientas en casa
y no te vayas.

La reina de África vino
y puso el muelle en pie,
y todo se paró,
desde la estiba hasta el contrabando.
La diosa de ébano vivo
paraba la ciudad
sentada sobre la blanca
baranda del Balneario.

¿Qué rumbo caprichoso tiene el amor?
¿Qué sabe nadie,
si cambia tu corazón
como cambia el aire?
Mira si te diera a ti una levantera
y, sin pensarlo dos veces,
tú me quisieras.

Por un poquito de tu amor,
me voy contigo a Mombasa:
yo desamarro una noche
el Vapor del Puerto,
de oloroso y fino lleno la bodega
y no quiero más que tus ojos
y las estrellas.

(Javier Ruibal)

Ve y dile

No mires más,
déjala que se marche.
Y si quiere escapar,
déjala que se escape.
Busca donde están todos y todo
lo que atrás dejaste.
Ve y dile a su alma que aprenda
y que no se apostille,
que grabe mis labios
para que no chille,
que todos los besos
se harán cicatrices.
Ve y dile
que no deje rastro en su huida,
que no me destroce la vida,
que no se preocupe por nada.
Ve y dile
que ha hecho mi vida a su antojo,
que no vale el ojo por ojo
porque me ha dejado sin dientes.
Ve y dile.
No es fácil tragar cuando todo
a tu lado te espanta
y un cerco de alambres
rompe tu garganta
y el labio rezuma
la sangre estancada.

(Joaquín Calderón)

Javier Ruibal en cancioneros.com

Algo debió de resultarle extraño aquella tarde. Una sombra en la tierra, un poniente que no se esperaba hasta bien entrada la semana y que terminó imponiéndose de mala manera, el pájaro que vino de cruzado, un silencio de ruina que se instaló de pronto en medio de la plaza y su verbena diaria de coliflores frescas y vecinas con niño. Hubo de haber un signo, un arrebato que entre todos los hombros viniera a tocar el suyo en el paseo. Supo entonces que todo lo que alguna vez escribió el ser humano, e incluso lo que estaba aún por escribirse, ya se había cantado en las tabernas del muelle antes de todo espacio y todo tiempo.
Fue este conocimiento el que lo llevó a dejarse las noches y los días en los mentideros de comadres deslenguadas y en las interminables partidas de dominó frente al puerto. Los que frecuentábamos la casa nos fuimos poco a poco dando cuenta de cómo se iba entrando en sus canciones todo aquel viejo mundo de corrillos en la puerta y piratas a la espera de infelices.
Le dio por hacer fiesta cada tarde. Nos reunía con la excusa del vino de las ocho y el cigarro, y poco le hacía falta para dejar la mesa y agarrar la guitarra y pararnos la charla y escucha ésta, Curro, ésta te va a gustar. Hablaba de las putitas lindas de la base americana, de pensiones a medio derrumbarse que sólo aguantaban en pie para seguir oyendo el ruido del amor en los somieres, de la furia y la huelga cuando los astilleros, de la africana definitiva que detuvo a su paso el trabajo en los muelles, de los contrabandistas que se agolpaban en la oscuridad y de las pasiones desquiciadas que se agolpaban en los corazones de los contrabandistas.
El caso es que, de tanto darse a aquello de escribir, acabó por olvidar que hubo una vez un tiempo en el que no lo hizo. Los últimos vinos de la tarde se fueron convirtiendo en los primeros de la madrugada, y los cuatro amigos que le escuchábamos las historias dimos pronto en veinte, y los veinte no tardaron en ser el barrio puesto bajo el balcón.
Una noche no estuvo ya. Habían adelantado sus faenas para nada los tenderos, no se le abrió la puerta al jaleo de chiquillos que metían la cara entre las rejas. Tuvieron que dormir como Dios manda las abuelas, que precisamente hoy iban a pedirle la de aquellas muchachas de costumbres ligeras que buscaban un guapo con el que engañarse las fatiguitas. Alguien dijo algo de era él, estoy seguro, de un sombrero de fieltro blanco y una barcaza blanca como el sombrero, de se fue tan quietecito que casi no se iba, de qué le vamos a hacer, señores, cada uno a su cama, que no ven que no se pinta nada aquí.
En los años siguientes, nadie tocó la casa. Con la sal y los días, le había ido creciendo una cáscara espesa donde fueron a instalarse las algas esperadas y una inexplicable constelación de erizos que acabó por movilizar a los departamentos sanitarios de cinco provincias. De modo que, la mañana en que tuvo a bien volver, debió saltar por sobre los precintos que alertaban de posibles contagios y consecuencias irreparables. Abrió el balcón lo justo para que fuese saliendo el aire enrarecido de marisma que se había pegado a las paredes y a las baldosas, y se dejó caer en el camastro con tanta pesadez que se diría llevase el mundo entero jorobándole la espalda.
Como si nunca hubiera tomado el sombrero de fieltro y la barcaza, nos reunió a la tarde sin una mala excusa ni una mala botella que aligerase los muchos años y la mucha congoja, que dónde te has metido, carajote. Torció el gesto en aquella sonrisita canalla que habría de ganarle tanto amor de mujer embravecida y agarró la guitarra y se templó. Habló entonces de los tranvías tristísimos que arrastran a las bellas y a Lisboa lejos de la ciudad y el estuario; de calesas paradas a la puerta de aquellos caserones antillanos que vieron coronarse a los virreyes; de bailarinas traídas del Oriente para dar lustre a un París al que se le moría el cabaré; del desierto y los hombres azules que lo habitan. Definitivamente, se había traído el mundo en la garganta.

(Nacho Artacho)

Dama de mis días


A la una te quedabas,
y la media que te irías,
y las dos iban mis labios
por los tuyos todavía,
y a las tres que me adorabas,
dama de todos mis días,
por el jardín de tus dudas
me perdía.

Dieron las cuatro y las cuarenta,
tu casa fue mi laberinto,
y me rendí para quedarme
preso en tu dulce recinto.
Y a las mil si las contara,
dama de todos mis días,
por el parque de tus horas
me perdía.

Tu boca como un precipicio
y yo arrojándome a las olas,
derramo perlas por tu vientre,
soy por tu lengua caracola.
Y de la luna me tiraba,
dama de todos mis días,
por la orilla de tus besos
me perdía.

Van a decir que ni soñando
esa dama nunca fue mía.
Bendito sueño si soñara
que mi sueño se repetía
y contigo despertara.
Dama de todos mis días,
por tus mil y una noches
me perdía.

(canción: Javier Ruibal; pintura: Toulouse-Lautrec)


Cuando salgas, luna llena / Y la noche afuera

Cuando salgas, luna llena,
ya andará con su cría mi paloma:
la blanca de ojos rojos, la incansable.

Cuando salgas, luna llena,
no hagas caso del perro si te ladra:
el muy torpe no sabe cómo amarte.

Cuando salgas, luna llena,
recuerda que aquí están mis compañeros.
Dales a ellos también de tu luz, de la más clara.

Cuando salgas, luna llena,
haremos una fiesta en mi ventana
y en el horno habrá un pan de tu tamaño.

(Noel Nicola)


(Il postino, 1994 - Michael Radford)


No dejaste aquel invierno
que durmiera solo en casa
y contigo me quedé.
Debe ser porque te quiero,
he atrapado aquel momento
como si fuera de ayer.
Tu mirada llena de miradas mías,
y la noche afuera.
Qué tenía aquel cuartito
que albergaba un universo
y a nosotros dos,
donde me hablabas bajito
y reprimías un grito
presa de la excitación.
Y yo por la luna doble de tu pecho,
y la noche afuera.
Traigo flores como aquéllas,
velas como las de entonces
y un aroma marroquí.
Echaré el colchón al suelo
y que tus labios al vuelo
me lleven de nuevo allí.
Y la vida entera yo me pasaría,
y la noche afuera.
Tu mirada llena de miradas mías,
y la noche afuera.
Y yo por la luna doble de tu pecho,
y la noche afuera.
Y la vida entera yo me pasaría,
y la noche afuera.

(Javier Ruibal)

Para llevarte a vivir


De lo dicho sin pensar,
de lo que callo y no digo,
de las cosas por pasar,
de las trampas del azar,
de las cartas del destino…
Tengo un lápiz colorao
con un librito guardao
para escribirlo contigo.
Si la suerte inoportuna
te jugara una encerrona,
si no hay salida ninguna,
si la gracia y la fortuna
se apartan de tu persona…
Tengo un farolillo verde
por si de noche te pierdes
y la luna te abandona.
Tengo la rosa de oriente,
el oro del sol naciente
y lo que quieras pedir.
Tengo el mapa del tesoro,
tengo el palacio del moro,
para llevarte a vivir.
De todo lo que besé,
no doy beso por perdido,
pa que me vuelva a morder
con la locura de ayer
tu boca contra el olvido.
Guardo un beso de reserva
para rodar por la hierba
cuando te vengas conmigo.
El sur que te prometí
tiene al sur otra frontera,
las cuerdas de mi laud
siguen buscando la luz
más al sur de la quimera.
Tengo una playa desierta
y una calesa en la puerta
para lucirme a tu vera.
Tengo la rosa de oriente,
el oro del sol naciente
y lo que quieras pedir.
Tengo el mapa del tesoro,
tengo el palacio del moro,
para llevarte a vivir.

(canción: Javier Ruibal; foto: Gonzalo HY)


¡Ay, no sabes!


Ay, no sabes cuánto duele
que salga el sol y me faltes,
que falte el sol y te sueñe.

Ay, no sabes qué se siente
si el río canta y tú lloras,
y el río cantando siempre.

No importa,
la vida un día cambiará.
No importa,
el tiempo a ti te acercará
junto a mí.

(Noel Nicola)

Siete de siete / Sete pedaços de vento

Siete de siete colores,
siete veces por semana,
de siete en siete latidos
mi corazón te reclama.
Por este amor que me mata
─¡malhaya mi cobardía!─,
mis siete vidas de gata
enteras te las daría.
Menos de siete no quiero:
si a siete y media me lanzo,
igual me paso y acierto
que llego y nunca te alcanzo.
Mercurio, Venus, la Tierra
de mil amores te diera…
Marte, Júpiter, Saturno
y la Luna si pudiera.
¡Qué suerte ni qué destino!
¡Qué miedo ni qué fracaso!
¡Quién no se pone en camino de ese flechazo!
¡Qué gloria! ¡Qué desatino!
¡Qué estrella ni qué ocho cuartos!
Que, si me viene esa flecha, yo no me aparto.
Y herida por siete sables
─¡pobre esperanza la mía!─
siete sueños improbables
se me escapan cada día.
Que siete veces me asome
a los balcones del cielo
y siete besos me salven
del infierno de los celos.
¡Qué suerte ni qué destino!
¡Qué miedo ni qué fracaso!
La vida toca a tu puerta y está de paso.
¡Qué gloria! ¡Qué desatino!
¡Qué estrella ni qué ocho cuartos!
Que, si me viene esa flecha, yo no me aparto.
¡Qué suerte ni qué destino!
¡Qué miedo ni qué fracaso!
La vida llama a tu puerta y tú ni caso.
¡Qué gloria! ¡Qué desatino!
¡Qué estrellas ni qué ocho cuartos!
Que si me viene esa flecha, yo no me aparto.

(Javier Ruibal)

(foto: Gonzalo HY)

Entrego ao vento os meus ais
Onde desejo se mata
Sete desejos carnais
Que o meu desejo desata
Meus lábios estrelas da tarde
Sete crescentes de lua
Que o desejo não me guarde
Na vontade de ser tua
Quero ser
Eu sou assim
Sete pedaços de vento
Sete vozes no jardim
No jardim que eu própria invento
Sete ares de nostalgia
Sete perfumes diversos
Nos cristais da fantasia
Amante de amores dispersos
Sete gritos por gritar
Sete silêncios viver
Sete luas por brilhar
E um céu para me acontecer
Entrego ao vento os meus ais
Onde desejo se mata
Sete desejos carnais
Que o meu desejo desata
Meus lábios estrelas da tarde
Sete crescentes de lua
Que o desejo não me guarde
na vontade de ser tua.

(José Luís Gordo / Custódio Castelo)

Agualuna


Dónde quedó aquella noche,
quién sabe qué me llevó hasta la playa.
Apareciste en la orilla,
eras hermosa, menuda y plateada.
No revelaste tu nombre,
dijiste ser hija de la fortuna.
Tú te prendiste a mi cuello
y yo no hice ninguna pregunta.
Ya no hubo más que caricias
y un remolino de labios y cuerpos.
Una mujer de agua y luna
llena mi recuerdo.
Agualuna, llévame allí,
donde tu piel fue escarcha para mis manos.
Agualuna, quiero volver
para besar tu pecho blanco y mojado.
Agualuna, Agualuna…
Vuelvo a tu reino nocturno,
en vano te busco por la bahía.
Puede que fueras un sueño,
mi corazón sabe que fuiste mío.
Hoy alguien vino cantando
que, en una playa misteriosa y sola,
una mujer de agua y luna salió de las olas.

(canción: Javier Ruibal; pintura: María Amaral)

Pa' mi corazón

Este beso que me das
no va a remediar el hambre,
ni dará la vuelta al mundo
derribando los alambres,
pero podría quizás
sanarme de la tristeza,
una terapia de amor,
un jarabe de belleza,
pa' mi corazón.
Este beso que me das
no parará la tormenta
ni le ajustará las cuentas
a esta tierra miserable;
pero podría tal vez
velar mi sueño esta noche,
una cura sin dolor,
tu boca como un derroche,
pa' mi corazón.
Este beso, y otro más,
y aquel que me prometías
suman tres de los trescientos mil
que me debías:
¡maldita suerte la mía!
a tantos besos diarios
salen más besos que días.
Este beso que me das
no me salva del infierno,
ni siquiera del invierno
que amenaza con llegar;
pero puede, por si acaso,
hacerme un hueco a tu vera,
con un sorbo de tu vaso
ya está aquí la primavera,
pa' mi corazón.
Este beso, y otro más,
y aquel que me prometías
suman tres de los trescientos mil
que me debías:
¡maldita suerte la mía!
a tantos besos diarios
salen más besos que días.

(canción: Javier Ruibal; foto: Hannes S)

A favor de tu piel


A favor de tu piel
tengo de testigo a la luna
jugué mi inocencia,
gané tu locura.
Derechito al edén,
sin demoras y sin regreso,
si esperan tus besos
quién para ese tren
a favor de tu piel.
A favor de tu piel
que aprendí mejor que la mía,
llené mi cuaderno
con tu geografía.
Se borró la ciudad
ya sólo eras tú mi paisaje
mi sur, mi viaje,
mi punto final.
No hay un sitio mejor
preso y a tu merced.
yo rendido a favor de tu piel.
A favor de tu piel
de todos los mundos posibles,
viví entre tu pecho
y tu boca infalible.
Te podría tocar
con los dedos de la memoria,
contar nuestra historia
lunar por lunar,
a favor de tu piel.
A favor de tu piel
ahora ya sin prisa ninguna
pasé aquella noche
de las mil y una.
Pero no pudo ser
se perdió un pasaje del cuento,
un golpe de viento,
un no y un porqué
El poniente sopló,
mi fortuna se fue,
y rendido a favor de tu piel
No hay un sitio mejor,
preso y a tu merced,
yo rendido a favor de tu piel.
Si hay un sitio mejor,
no lo quiero saber,
yo rendido a favor de tu piel.

(canción: Javier Ruibal; foto: Hannes S)

Habana mía


Las guapas por los balcones,
los negros que se remangan,
huele a tabaco y malanga,
sabe a tostón y congrí.
Un príncipe de la danza,
sobre sus piernas de atleta,
ensaya su pirueta,
su grand jeté cinco mil.
El mago de las finanzas,
el as de la bicicleta,
resuelve su papeleta,
cambio jabón por café.
Hoy papas por camisetas,
mañana tengo galletas,
pasado, vete a saber.
Y pongo punto y aparte,
ni de noche ni de día,
que tu risa no me falta,
Habana mía.
La furia del dios Caribe,
los días que se suceden,
dejaron en las paredes
todos los tonos del gris.
La mano niña que pinta,
como lo mandan los sueños,
un autobús que la lleva
de centro Habana a Madrid.
Como que la luna es blanca
y la ternura es morena,
bendita sabe la cena
sobre el pagano mantel.
Los besos que se repiten
sobre el eterno remite
de un corazón de papel.
Que pone punto seguido,
ni de noche ni de día,
qué poca cosa te pido,
Habana mía.
La mirada impenetrable,
las llagas de la memoria,
las caricias que la gloria
ya no quiere repartir.
En el jardín donde crecen
las flores de la paciencia,
el árbol de la prudencia,
el reino del colibrí.
Es el delirio habanero,
dinero que no es dinero,
manisero sin maní.
Y pongo puntos suspensivos,
ni de noche ni de día,
ya sabes que no te olvido,
Habana mía.

(Javier Ruibal)

El niño del Serengueti

Agua que no has de beber,
oro puro que se tira,
que por el agua se sufre,
se perdona y se respira.
Agua que no has de beber,
nunca la dejes correr.
El que corre sin descanso
nunca llegará primero
al corazón de los mansos.
Dale agua y no dinero:
agua que dejes pasar
puede el destino cambiar.
Si tú la tiras por el camino,
no va quedar un espino
donde puedas esconderte;
y voy a darte tu merecido,
este niño malcriado
nunca cambiará su suerte.
El niño de Senegal
sueña que se va a la Luna
en una nave espacial
ligera como una pluma
─tuvo cara de astronauta
desde que estaba en la cuna.
Y en la órbita perfecta,
asomado a la ventana,
el niño del Serengueti
ocho veces por semana
sueña que tira confeti
y se inunda la sabana.
Como no cumple nunca un castigo,
este niño consentido
se me va a quedar en babia.
Si no estuvieras siempre en las nubes
cuidarías, no lo dudes,
de no derramar el agua.
Por los dioses de mi tribu,
juro que hago de ti un hombre
aunque pierda los estribos
y llegue a borrar tu nombre
de tanto como lo digo.
Un hombre como es debido.

(canción: Javier Ruibal; foto: Giorgina Cranston)

Por tu amor me duele el aire


¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.
¿Quién me compraría a mí,
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo
blanco, para hacer pañuelos?

La mar no tiene naranjas,
ni Sevilla tiene amor.
Morena, qué luz de fuego.
Préstame tu quitasol.
Me pondrá la cara verde
─zumo de lima y limón.
Tus palabras ─pececillos─
nadarán alrededor.

¿Quién me compraría a mí,
este cintillo que tengo
y esta tristeza de hilo blanco,
para hacer pañuelos?
¡Ay qué trabajo me cuesta
quererte como te quiero!
Por tu amor me duele el aire,
el corazón
y el sombrero.

(letra: Federico García Lorca; música: Javier Ruibal; foto: Bruno Barbey)

La dama de la isla


Alma,
tiene la piel morena
la risa blanca.
Y una
fuga de gaviotas
en la mirada.
Sola,
sale a mirar los barcos
al rompeolas.
Siente,
una melancolía
de caracolas.
Por qué sigo aquí,
de qué sirve
esperar a un hombre
que siempre fue libre.
Dime tú si vale la pena
amar tanto el mar
y enterrarse en la arena.

(Javier Ruibal)

Lo que me dice tu boca


Si no te pinto bonita
no es porque yo no te quiera,
que si te pinto igualita,
igual son ocho que ochenta,
que contigo nunca
me salen las cuentas.
De tanto quererte tanto,
tanto más daño me harías;
ni mi vida es lo que era
ni soy dueño de mis días,
pero yo me moriría
si te fueras.
No puede ser que me dejes,
que yo ya no pinte nada,
y como un tonto de baba
me vea por las esquinas
como un niño derramando
lágrimas de tinta china.
Ni todo el Puente de Brooklyn,
los Londres y los Parises,
que a mí ya nada me dice
lo que me dice tu boca
y la huella de tus labios
en mi copa.
Te mire como te mire,
te veo como te pienso
¿quién no te piensa desnuda
bajo la luz oportuna
y tu ropa sobre el lienzo
de la luna?
Ni que te vayas del todo
ni que te quedes pa siempre
ni que yo salga y tú entres,
quiero posarme en tu piel
y dejar este clavel
sobre tu vientre.
Que me quiten lo pintao,
quién quiere que lo demuestre,
que todo el arte rupreste
y la pintura moderna
no son nada comparado
con tus piernas.
Ni todo el Puente de Brooklyn,
los Londres y los Parises,
que a mí ya nada me dice
lo que me dice tu boca
y la huella de tus labios
en mi copa.

(letra: Javier Ruibal; foto: Robert Doisneau)

Toda la mar por delante


La sombra de un navegante,
la luna sobre cubierta,
la brújula vigilante
y la mirada despierta.
Dame tu lumbre, farero,
cuanto más lejos, más cerca,
la casa del marinero
con las ventanas abiertas.
Cuando no hay rumbo ni senda,
toda la mar por delante
y el viento de donde venga.
La máscara de la suerte,
las cartas del desvarío,
a cara o cruz va la muerte
jugando su juego frío.
Guárdame mis pocas cosas,
luna del aventurero,
en tierra cuida mis rosas
y en el agua, mi velero.
Soy hijo de una quimera,
toda la mar por delante
sin un motivo siquiera.
Barra de los arenales,
arrecife de coral,
azules son las señales
por la isla de la sal
que marcarán mi regreso
hasta tu puerto escondido,
que la ruta de tus besos
es mi último destino.
Bendita a mar de leva,
toda la vela al levante
porque tu boca me lleva.
Cuando no hay rumbo ni senda,
toda la mar por delante
y el viento de donde venga.

(letra: Javier Ruibal; mapa: al´-idrisi)

La flor de Estambul

Debutó en París
la Flor de Estambul
comenzó a bailar
y todo se quedó en silencio.
Luz en tornasol,
púrpura y añil.
De su mano alada
hasta la gracia de su pecho.
¿Y quién no da la vida
por un sueño
de diosa modelada
por el genio?
Ni favorita del sultán
ni esclava en venta
en la puerta de Oriente.
Ella es la estrella
del Pigalle,
la danzarina que burló
su suerte.
¿Y quién no da la vida
por ser dueño
del aire que se agita
tras su velo?
A conquistar la tour Eiffel
pisando la soberbia
de Occidente.
Esa es la estrella
del Pigalle,
la danzarina que me hirió
de muerte.
¿Y quién no da la vida
por un sueño
de diosa modelada
por el genio?

(letra: Javier Ruibal; música: Erik Satie)

Pensión Triana


Nada como la luz que se colaba
a revelarme tu cuerpo desnudo
tenía entonces la “Pensión Triana”
un corazón pintado en la ventana.
Y un horrible diván como salido
de algún fondo de la beneficencia
tenía entonces la “Pensión Triana”
un aire de desgana
y un morbo que robaba la inocencia.
Yo sufría un sofoco en el balcón
mientras alguien se daba un atracón
en ese cuerpo que era tan mío.
Y un picor de franela y de pasión
me subía por el pantalón
y en la espalda un sudor frío.
Pero tuvo que ser un jueves santo
cuando se presentó la brigadilla
en medio de la juerga de un torero
cayendo en cueros toda la cuadrilla.
Llegó Resurrección y no hubo toros
lo trajo el ABC a toda plana
y la pensión del pasaje del moro
la gran Pensión Triana
llegó a alcanzar la cumbre de la fama.
Siempre imaginé tu habitación
como aquella que pintó Van Gogh
una camita y nosotros dentro.
Y un picor de franela y de pasión
corre y corre por mi corazón
cada vez que te recuerdo.
Mi padre se metió en comprar un piso
y la misma noche de la mudanza
andaba yo desnudo por tu cuarto
borracho y decidido
a tomarme por fin una revancha.
Se acabó sufrir desde el balcón
tú me regalaste un atracón
hasta que yo caí rendido.
Y un picor de franela y de pasión
te guarda este viejo corazón
pa que veas que no te olvido.
Yo sufría un sofoco en el balcón
mientras alguien se daba un atracón
en ese cuerpo que era tan mío.
Siempre imaginé tu habitación
como aquella que pintó Van Gogh
y en la cama tú conmigo.

(letra: Javier Ruibal; cuadro: Vincent Van Gogh)